La necesidad de compilar historias sobre la influenza pandémica se hizo evidente cuando los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) organizaron un curso de Comunicación de Riesgos en Crisis y Emergencias (CERC, por sus siglas en inglés) en todo el país para los profesionales de salud pública involucrados en una variedad de actividades comunicativas para dar respuesta a una emergencia. El curso CERC "básico" debutó en el 2002 y ya se han agregado dos módulos adicionales: “De líderes para líderes” e “Influenza pandémica”. El libro de relatos es un recurso para el último módulo dirigido a los encargados de capacitar y capacitarse en el CERC. El libro en línea incluye relatos de sobrevivientes, familiares y amigos que vivieron durante las pandemias de 1918 y 1957. Además, se agregarán a este recurso algunas historias de la pandemia de 1968 cuando estén disponibles.
“La autocomplacencia es el enemigo número uno cuando se trata de prepararse para otra pandemia de influenza,” afirmó la directora de los CDC, Dra. Julie Gerberding. “Estas historias, contadas tan elocuentemente por sobrevivientes, familiares y amigos de pandemias pasadas, sirven como un recordatorio aleccionador del impacto devastador que la influenza puede tener y leerlas se convierte en obligatorio para cualquier persona involucrada en la preparación de la salud pública.”
La pandemia de influenza de 1918 provocó la muerte de más de 50 millones de personas en todo el mundo, incluidas aproximadamente 675,000 personas en los Estados Unidos, y constituye uno de los pilares para las iniciativas de preparación actuales en materia de salud pública. Para entender la verdadera dimensión del evento, esto representa más personas (tanto personal militar como civiles) de las que murieron durante la Primera Guerra Mundial (1914–1918). La pandemia de influenza de 1957 provocó la muerte de al menos 70,000 personas en EE. UU y entre 1–2 millones de personas en todo el mundo. Los adelantos en materia de tecnología científica permitieron identificar más rápidamente esa pandemia en comparación con el evento de 1918. Las anécdotas familiares en primera persona incluidas en este proyecto ofrecen una visión íntima y personal de las pandemias de 1918 y 1957 que va más allá de las sorprendentes estadísticas asociadas con estos eventos y, de esta manera, pueden ayudar a los encargados de la planificación a redirigir sus esfuerzos y luchar contra la fatiga y apatía propias de la preparación.
El libro de relatos de la influenza pandémica no representa un libro concluido en sí mismo; los CDC seguirán aceptando historias y agregándolas al libro trimestralmente.
Los esfuerzos de preparación para la próxima pandemia de influenza son constantes en casi todos los países del mundo. Aquí en los Estados Unidos, cada estado ha preparado un plan para hacer frente a la influenza pandémica. Familiarícese con el plan de su estado y conozca a los coordinadores de la influenza pandémica de su comunidad.
Estas anécdotas familiares en primera persona ofrecen una visión íntima y personal de las pandemias de 1918 y 1957 que va más allá de las sorprendentes estadísticas asociadas con estos eventos.
Narradora: Gloria Gambale
Ubicación: Pensilvania
Mi abuelo, Nicola “Nick” Maffeo, y mi abuela, Constance Maffeo, vinieron a Estados Unidos desde Italia. Constance tenía una habitación separada con cortinas cuando siete de sus hijos se enfermaron de gripe pandémica. Cuando entraba a la habitación, usaba una gasa sobre su nariz y su boca. De los siete niños que se enfermaron, cuatro fallecieron: Frank, Nick y Rosa, y Dominic. Nick y Rosa eran mellizos. Uno de los tres niños que sobrevivieron, mi tía Mary Ann Maffeo, me dijo que ella sabía cuando uno de sus hermanos no iba a recuperarse porque Constance se sentaba con el niño moribundo en la mecedora de la familia y le cantaba. La mecedora crujía y cuando se detenía, ella sabía que habían fallecido.
Aunque cuidó de siete niños enfermos, Constance nunca contrajo el virus. Murió dando a luz a los 38 años, mientras paría a su decimocuarto hijo. Su esposo, Nick, vivió hasta los 102 años.
Narrador: Elmer Kretzschmar
Ubicación: Iowa
Hoy tengo 95 años y vivo en San Antonio, Texas. En 1918, tenía 6 años y vivía en Strawberry Point, Iowa, con mis padres y mi hermano de 7 años, Clarence. Mi padre, Otto Kretzschmar, era propietario de una tienda de zapatos y mi madre, Minnie, era ama de casa. Mi padre también era violinista, y uno de mis recuerdos favoritos es haberlo escuchado tocar durante los programas de Navidad en la iglesia. Más tarde ese mismo año, estaba en mi casa porque tenía dolor de oídos y no había ido a la escuela. Mi padre también estaba en casa porque estaba enfermo de gripe. Una enfermera matriculada de Charles City, Iowa, se vino a vivir a mi casa para ayudar a cuidar de mi padre. La enfermera estuvo con nosotros durante 2 semanas y luego se fue; mi padre falleció al día siguiente. Nadie más se contagió la gripe en mi familia.

Narradora: Caroline Wernecke Pharris
Ubicación: Wisconsin
Otto Wernecke venía de la zona rural de Manitowoc, Wisconsin. Su esposa, Caroline Kansier, vivía en el pueblo de Manitowoc, donde se casaron. Se apenaron muchísimo con la muerte de su hija de 2 años, Frieda, provocada por la escarlatina el 9 de enero de 1910. Más tarde ese mismo año, nació un hijo, Henry, seguido de Margaret en 1912, Otto en 1914, Louise en 1916, y yo, Caroline, el 8 de noviembre de 1918. Luego, la tragedia golpeó nuevamente a la familia cuando el Dr. Otto murió a causa de la epidemia de gripe el 3 de diciembre de 1918.
Se les advirtió a los habitantes de Manitowoc no congregarse para no diseminar así la enfermedad. Por lo tanto, el 5 de diciembre, el funeral de mi padre se llevó a cabo en el salón de mis abuelos. Para evitar un contagio innecesario, fui bautizada ese mismo día y colocada junto a su ataúd.
Al parecer, mucha gente creía que como mi padre, su dentista, había fallecido, ellos no tenían que pagar el dinero que adeudaban por los trabajos odontológicos realizados. Mi madre necesitaba encontrar trabajo rápidamente para sustentar a su familia. Le pidió a su hermana, que confeccionaba sombreros en Cleveland, Ohio, instalarse en Manitowoc para abrir una tienda de sombreros. Pero, ¿qué haría mi madre con los más pequeños? Mis abuelos me llevaron a vivir con ellos y nuestro pastor, el Rvdo. Machmiller, y su esposa le dedicaban mucho tiempo a Louise, de tres años de edad. Mis abuelos fueron muy buenos conmigo, pero no podía compartir demasiado tiempo con mis hermanos y hermanas. De hecho, apenas conocí a mi hermano Henry. Cuando mis abuelos murieron en 1936, me mudé con mi madre y mis hermanos. Para ese entonces, Henry ya se había casado.
La muerte de mi padre durante la pandemia de gripe nos afectó económica, emocional y socialmente. La tienda de sombreros anduvo bien por un tiempo, pero luego sobrevino la depresión y la competencia con los grandes centros comerciales contribuyó al fracaso del negocio. Mi hermano, Otto Jr., quería ser ingeniero y mi sueño era ser maestra, pero ninguno de los dos pudo ir a la universidad.
La pandemia de gripe de 1918 cambió drásticamente el rumbo de nuestras vidas. No recuerdo momentos felices compartidos con mi padre, sólo hay fotos y anécdotas familiares. Me contaron que fue un hombre maravilloso pero, ¿no podría haber vivido un poco más? ¿Por qué falleció a la edad de 39 años? Aquí estoy, con casi 90 años, y todavía pienso en “cómo hubiera sido.”



Narrador: James R. Gaskell, MD
Ubicación: Pensilvania
En 1957, asistía al Juniata College, una pequeña escuela rural situada en Huntington, Pensilvania. En ese momento, Juniata tenía una matrícula de alrededor de 1,400 estudiantes y era una escuela de humanidades con un sólido departamento de ciencias. Pocos estudiantes provenían de otros estados; la mayoría vivíamos a 3 – 4 horas de Huntington. La mayoría de nosotros vivíamos en el campus de dormitorios divididos según el sexo. Todos comíamos en el mismo comedor y participábamos en una serie de actividades como deportes, bailes y fiestas ocasionales.
En la época de la pandemia, yo estaba en segundo año en Juniata. Muchos compañeros se contagiaron la influenza y las clases se suspendieron por una semana, pero casi todos los estudiantes permanecieron en el campus. Nuestra atención médica estaba a cargo de dos enfermeras que dirigían un pequeño dispensario en el campus con aproximadamente 25 camas. Un médico familiar local nos visitaba a diario. Varios estudiantes fueron hospitalizados por una noche para recibir terapia intravenosa (IV) líquida y otros permanecieron allí durante la noche para controlar su fiebre. Yo fui hospitalizado por una noche para recibir terapia intravenosa pero luego pude volver a mi dormitorio.
El comedor permaneció abierto y seguimos obteniendo nuestras comidas allí. Probablemente, esta situación contribuyó a la alta incidencia de contagio que según mi parecer provocó una tasa de contagio estudiantil casi universal. Ninguno de nosotros había recibido la vacuna contra la influenza debido a la falta de disponibilidad en ese momento.
Si pienso en ese momento, me parece notable que los estudiantes se hayan quedado en el campus. No se registraron víctimas fatales y la mayoría no regresó a sus hogares para propagar esta enfermedad en sus propias comunidades.
Actualmente, me desempeño como Comisionado de Salud en Athens, Ohio, donde se sitúa una importante universidad (Universidad de Ohio).

Narrador: David Rex
Ubicación: Ohio
En el otoño de 1957, era estudiante de primer año del College of Wooster en Wooster, Ohio. Por alguna razón, recibí por primera vez la inyección contra la gripe. Es posible que un médico de la escuela me lo haya sugerido. De cualquier manera, fui uno de los pocos que se vacunó.
Más tarde ese mismo otoño, comencé a experimentar síntomas similares a los de la gripe pero bastante leves: dolores, fiebre y demás síntomas. Regresé a mi dormitorio y me quedé dormido sin cenar. Dormí hasta tarde esa mañana, y me perdí el desayuno y la clase. Todavía tenía síntomas leves, pero el dolor y la fiebre elevada habían desaparecido. Me sentía lo suficientemente bien como para ir a almorzar y luego asistir a las clases de la tarde. Noté que el comedor no estaba tan lleno como de costumbre. Más tarde, en clase, también noté que faltaban muchos estudiantes.
Al día siguiente, ya no tenía ningún síntoma. Sin embargo, había incluso menos estudiantes en el comedor y las aulas, y también faltaban varios profesores. Mi novia estaba bastante enferma y por su intermedio supe que sus compañeras de habitación y una gran cantidad de compañeros también estaban muy enfermos en reposo. Eventualmente, más del 80% del alumnado fue “hospitalizado” en los dormitorios de la residencia. Aquellos pocos que, como yo, no estaban enfermos comenzaron a darles de comer, cuidar de los estudiantes con síntomas graves y elaborar informes para el centro de salud. El personal del centro visitaba regularmente la residencia, pero era tarea de "quienes nos sentíamos bien" indicarles qué alumnos estaban enfermos y necesitaban mayor atención.
En todo el estado de Ohio (y creo que en gran parte del país), se cancelaron las reuniones públicas, escolares y religiosas. No obstante, el cierre de nuestro colegio y otro colegio presbiteriano dependía de una reunión del Sínodo de Ohio y, como tales reuniones se habían cancelado, nuestro colegio permaneció “oficialmente” abierto.
Afortunadamente, a pesar de la alta tasa de morbilidad, creo que no se registraron muertes allí.